jueves, 29 de enero de 2009

BALCÓN ABANDONADO

La imagen se encuentra en www.javinavarro.es

Hace tiempo que observo el balcón que hay frente a mi casa. Antes, de vez en cuando, veía a una mujer de mediana edad, que salía a recoger la ropa tendida en uno de esos tendederos portátiles para piso, a veces a planchar, a veces a fumar. En algunas ocasiones tenía una considerable melena castaña, larga, bien peinada y por lo general recogida en un moño o en una complicada trenza, y en otras ocasiones aparecía calva, sin un solo cabello. Con la misma parsimonia. Con idéntica actitud.

Me había cruzado con ella por la calle, alguna vez, y allí siempre iba con la melena. Su expresión era afable. Una se habría acercado a pedirle fuego, una indicación para llegar a algún lugar, una le habría pedido que la ayudase a encontrar un objeto recién caído en la acera.

Hace ya tiempo que no la veo, ni en el balcón ni en la calle. En el balcón, alguna vez, he visto a otra mujer que recogía o limpiaba con los ventanales abiertos. Ahora ya nada, nadie.

Me he fijado, desde el vendaval, que los ventanales llevan muchos días cerrados con las cortinas pasadas. En el balcón, la única maceta está caída en el suelo; también están caídos el cubo y la fregona e incluso un recogedor y una escoba que, ya asomados a través de los barrotes, si vuelve a soplar el viento, acabarán por caer a la calzada.

El edificio es bastante nuevo. Recuerdo su inauguración, ese momento en que desaparecen los carteles de "se alquila" o "se vende" y empiezan a aparecer muebles, gente, movimiento, y al cabo de poco, cortinas. El apartamento de la mujer fue de los primeros en ocuparse. Puso un sofá de color granate y una mesa baja de cristal delante. Luego ya las cortinas, de color blanco o crudo, no sé bien.

¿Por qué no vuelve? La echo de menos. Quiero que salga a planchar a su balcón pequeño frente a la ventana de mi estudio.

lunes, 26 de enero de 2009

GLENN GOULD



El canadiense Glenn Gould (1932-1982) fue uno de los intérpretes más excéntricos y geniales que ha dado el mundo de la música.

Gould se retiró de los escenarios a los 34 años porque no quería verse inmiscuido en las carreras competitivas que se establecían entre intérpretes. Y murió a los cincuenta de un derrame cerebral, pocos días después de su cumpleaños.

Cuando le preguntaban por qué se sentaba frente al piano de una forma tan distinta a los demás, contestaba cosas como la siguiente: "Lo que ocurre entre mi mano izquierda y mi mano derecha es un asunto privado que no le importa a nadie". Y es que tocaba muy encorvado, cantando por lo bajini y, además, en una silla de madera paticorta construida para él por su padre.
Subía al escenario con el frac arrugado bajo una o varias bufandas, abrigo y mitones. Dejaba las manos en remojo durante veinte minutos antes de tocar. Huía de la fama.

Su versión de Las variaciones Goldberg de Bach -http://es.youtube.com/watch?v=NkmXnZwDGV8- constituye un hito en la música del siglo XX. Sin embargo, la grabación que se llevó la nave Voyager I el 5 de septiembre de 1977 al espacio - entre otras muestras representativas de actividad humana- fue la de su interpretación del preludio y fuga numero 1 del clave bien temperado de JSBach. Cuando la oigan -o quizás lo hayan hecho ya-, los extraterrestres van a quedar anonadados. Van a pensar que en nuestro mundo existe la verdadera belleza. No se atreverán a venir, acomplejados como van a quedar.

Ver esta grabación de la Sarabande BWV 828 es asistir a la perfecta simbiosis entre músico y música. Algo descomunal.

miércoles, 21 de enero de 2009

DAME PLACER




Julia-Cristina Monge le ha puesto música y voz y sentimiento y sentidos a algunos fragmentos de mi novela "Dame Placer". E imágenes.
Desde aquí mi agradecimiento.

lunes, 19 de enero de 2009

EMMANUEL CARRÈRE


Es habitual, en estos últimos tiempos, que los autores/as decidan mezclar sus vidas con sus historias, o crear sus historias a partir de sus vidas o de las de sus antepasados. No sabemos aún si esta tendencia aporta algo bueno a la literatura ni si difuminar los límites entre ficción y realidad enriquece nuestro intelecto, pero en cualquier caso, esto es así y así nos lo encontramos.
El caso de Carrère me interesó hace tiempo, cuando publicó su libro -digo libro, que no novela-, "El adversario". Recordaréis el caso del hombre aquél que mintió tanto a su familia -les dijo que era médico, que tenía trabajo, que ganaba buen dinero- que un día, cuando se vio acorralado y supo sin lugar a dudas que iban a desenmascararlo, los asesinó -familia al completo- con una escopeta. El texto de Carrère remite sin duda al de Capote. También "A sangre fría" se construyó a partir de un cruento crimen real y su autor se entrevistó con los asesinos. A medio camino pues entre la novela y el periodismo, estas obras necesitan de una suficiente distancia en el tiempo para valorarlas como es debido. Lo mismo ocurre con el cine. Si pensamos en "Mar adentro", por ejemplo, y la analizamos desde el punto de vista argumental, vemos que solo puede funcionar para los contemporáneos del caso Sampedro, quienes son capaces de enmendar las lagunas de la trama del film gracias a las noticias recibidas por televisión y prensa.
El caso de "Una novela rusa", novela cuya lectura os recomiendo, es distinto. Distinto porque el autor convierte su vida y la de su familia en materia literaria e intenta -que no consigue, en mi opinión- fundirla con el producto de su imaginación y, a la vez, con los resultados de una investigación. Se muestran algo deslavazadas las partes de este libro, se les nota la costura. Sin embargo, tiene momentos de veras brillantes. Habría merecido la pena que Carrère mantuviera la obra algún tiempo más en maceración. Le falta apenas una vuelta de tuerca para dar con algo. Algo auténtico. Insisto, no obstante, interesa su lectura por razones diversas. Lo único que no interesa de todas sus 295 páginas es, precisamente, aquello a lo que da él mayor relevancia: el relato erótico situado a media novela. Pienso que quizás sea porque, en lo que se refiere a ese asunto, el autor fue demasiado fiel a la realidad. A saber. Ya diréis qué os parece.

miércoles, 14 de enero de 2009

IVY COMPTON-BURNETT




No os podéis perder esta novela de mi, ahora ya, adorada Ivy. No por el asunto tratado sino, como corresponde a la literatura con letras mayúsculas, por el modo en que lo trata. ¡Hay una tal plasmación de la naturaleza humana, un estudio tan certero de su condición! Una vez más su obra se centra en una familia. Sus tensiones, sus secretos, sus mentiras, sus ruindades. Y la familia le sirve sobradamente para explicar el mundo.

Por cierto, no tiene desperdicio el mayordomo (que no es un asesino).

Hay un sinfín de frases de aquellas que no pueden dejar de subrayarse, de las que os copio solo algunas, para que vayáis haciendo boca:



"Es el efecto de recordar. El paso del tiempo añade a la realidad lo que le faltaba".



"A veces he imaginado que quizá con la muerte todo termine al fin, señora. De esta manera parece que la muerte sea como una compensación. Sin embargo, no debemos ser tan optimistas".



"Tratar contigo le hace sentirse inteligente, lo cual demuestra que la inteligente eres tú".



"Y cuando no esté ya aquí, únicamente podré ayudar a los que se bastan por sí mismos".



"Toda creencia honrada es solitaria".



"Nunca he admirado la valentía. El valor siempre se emplea en contra de los demás. ¿Si no tuviera esta finalidad, cuál podría tener?"



"Ser sincero puede significar carecer de sentimientos".



"Para perdonar, más vale comprender lo menos posible".



La novela está construida por entero a base de diálogos brillantes. Una delicia.
Queda dicho.

domingo, 11 de enero de 2009

LIBRO NUEVO


Voy avisando. Volveré a recordarlo unos días antes. Pero para que vayáis guardando lugar en la agenda, los que podáis, queráis, os vaya bien... estáis invitados e invitadas.
Me encantaría que estuvierais en la presentación de mi nuevo libro de cuentos, "Con la soga a cuello", editado por Páginas de Espuma.
EN BARCELONA
La presentación correrá a cargo de Cristina Fernández Cubas, acompañada por el editor de Páginas de Espuma, Juan Casamayor y por el director de la Escuela de Escritura del Ateneo de Barcelona, Pau Pérez.
Será el lunes 23 de febrero, en la Sala Verdaguer del Ateneo de Barcelona -calle Canuda número 6- a las 19: 30h.
EN MADRID
Será el día 26 de febrero, a las ocho de la tarde, en la librería especializada en cuento "Tres rosas amarillas" -calle San Vicente Ferrer 34; 28004 Madrid; Telf/ Fax: (+34) 915 22 81 08-.
Insisto: Me encantaría que estuvieseis. Una presentación es una presentación es una presentación es una presentación... si la gente está allí.
Seguimos.

sábado, 10 de enero de 2009

LECTURAS





Si empecé a leer a Ivy Compton-Burnett fue, sobre todo, porque mientras traducía los ensayos de Natalia Ginzburg, ésta hablaba de ella con tantas contradicciones como pasión -quizás la segunda va siempre trufada de las primeras-. En uno de los textos que constituyen el volumen de ensayos que Lumen publicará de la Guinzburg este año, hay un texto de 1969 titulado LA GRAN SEÑORITA del que cito algunos fragmentos:


"Aquella a quien Alberto Arbasino suele llamar “la gran señorita”, es decir la novelista inglesa Ivy Compton Burnett, murió en Londres durante el pasado agosto. Lo he sabido hace unos días por un artículo de propio Arbasino. Decir “me disgusta que haya muerto” quizás sea estúpido; estaba, creo, cerca de los noventa años; estaba sola, y su vida debía de ser la de un fósil. Y sin embargo la noticia de su muerte me ha entristecido. Ya no va a escribir sus novelas áridas y geniales. Y yo, que nunca la vi, ya no la veré jamás. (...) Viejísima; pequeñísima; las rodillas envueltas en un chal; el cabello arreglado y colocado “como un peluquín” sobre la frente arrugada y pecosa; las manos arrugadas, heladas y encogidas por la artrosis; y a su lado, sobre un taburete, un cesto del que iba sacando hojas de lechuga que roía “como una tortuguita” a la hora del té. (...)
No tuvo nunca maridos ni hijos. Por las pocas notas biográficas de las solapas de sus libros, se sabe que vivió primero con un hermano y después con una amiga; desaparecidos estos dos seres, estuvo sola. (...) Dice de sí misma: “Empecé a escribir como quería y sintiendo que aquél era mi estilo; y después no me pareció oportuno cambiar”.
(...)
(...)
Raras veces perdía un instante en describir los rasgos de sus personajes, si acaso sólo dos breves apuntes. Si Compton Burnett no se detiene a describir rostros y lugares no es por prisa ni por impaciencia: es más bien por una desdeñosa sobriedad, un rechazo escrupuloso de las cosas superfluas. El ritmo de su escritura no es lento ni rápido: es el ritmo equilibrado exacto y sin excepción de quien sabe a dónde va. Su paciencia es continua e infernal.
Descubrí sus novelas hace unos diez años, durante una época en que viví en Inglaterra. Di con ellas por casualidad. Al leer por primera vez una de sus novelas, tuve la desagradable sensación de haber caído en una trampa. Estaba como clavada a tierra. Las busqué todas. Sé poco inglés; me costaba mucho leerlas y cada tanto me preguntaba por qué estaba leyendo con tanta obstinación y esfuerzo a una escritora que tal vez aborrecía.
(...) Y sin embargo, no dejaba de repetirme que a mí aquellas novelas no me gustaban, que tal vez las aborrecía; que me evocaban cosas extrañas y lejanas a mí: una partida de ping-pong; una partida de ajedrez; un teorema de geometría. Pero de pronto me di cuenta de que me gustaban de una forma furibunda; que me daban felicidad y consuelo; que podía beber en ellas como agua de una fuente. Realmente en ellas no había ni agua ni aire. No había ninguna clase de niebla: la niebla había sido una impresión falsa; por el contrario, reinaba una claridad alucinante, desnuda e inexorable; y en esta inexorable claridad, seres impenetrables se sentaban clavados a sus diálogos atroces, intercambiando palabras que parecían mordeduras de serpiente. Sin embargo nunca derramaban ni sangre ni lágrimas ni sudor; ni siquiera empalidecían, quizás porque ya eran muy pálidos; las heridas les provocaban un dolor lacerante pero sordo, que además de inmediato era engullido por nuevas mordeduras de serpiente. En aquel mundo no había ninguna clase de felicidad posible; la felicidad, entre aquellos seres, no existía siquiera como un dominio perdido; la felicidad no se concretaba de ningún modo más que como un oscuro triunfo del dinero o del orgullo.
No conseguía discernir dónde, en aquellas novelas, residía la poesía: y sin embargo sentía que si en ellas se podía respirar y beber sin aire ni agua, si se sentía, al habitarlas, una felicidad profunda, sedante y liberadora, la poesía tenía que estar; entonces comprendí que su presencia era como la de la naturaleza: totalmente invisible, totalmente involuntaria, ni ofrecida ni destinada a nadie, la poesía estaba allí como el cielo infinito y oscuro que se abría tras aquellas señales malignas y desiertas. Y así una maquinaria ingeniosa se había convertido, por milagro, en algo donde el primero que pasara podía reconocer su destino y su rostro.
Como me pasaba los días leyendo aquellas novelas, durante la época en que estuve en Londres, (...) siempre esperaba encontrarme con Ivy Compton Burnett cuando salía a la calle. Me habían dicho que vivía en el mismo barrio que yo. Por eso espiaba los pasos de las viejecitas que iban y venían por aquellas calles. Un día fui a un almuerzo al que me dijeron que también ella estaba invitada. No vino; y además, me dijeron mis anfitriones, hablaba solo de asuntos triviales, su conversación no era interesante. Pero a mí no me importaba en absoluto su conversación. Me habría gustado verla; y decirle de algún modo, en mi inglés tosco y pobre, cuánto significaban sus libros para mí.
Seguro que le habría parecido ridícula: una persona como yo debía de parecerle ridícula, superflua, sentimental; palabras como gratitud o amor por sus libros debían de parecerle superfluas; debía de ser completamente indiferente a sí misma, como una tortuga: y aquí residía su grandeza. Pero yo habría querido, durante un instante, existir en el campo de su mirada. (...)

AQUÍ ACABA LA CITA.

La verdad es que la Compton Burnett tiene un modo distante y frío de presentar a sus personajes, a los que mayormente conocemos gracias a sus diálogos. No hay descripciones, no hay apenas fragmentos de narración. Todo es el toma y daca de las palabras entre ellos, por norma general familias en las que aparentemente todo funciona pero bajo las que transitan numerosos secretos, amenazas y crueldades.

Como la Guinzburg, yo dudaba de seguir leyendo a medida que leía, pero continuaba convencida de que, al final, encontraría esa recompensa de que hablaba la italiana. Recogí algún fruto, sí, de "Padres e hijos". No los suficientes, sin embargo. Y en lugar de decidir que ya había leído bastante de la Compton, emprendo una nueva andadura de su mano. Esta vez será "Una herencia y su historia", publicada también por Anagrama y con prólogo de la necesaria y brillante Nathalie Sarraute -quien no haya leído sus novelas "Planetario" o "Dicen los imbéciles", que corra a hacerlo.






jueves, 8 de enero de 2009

GUERRA Y PAZ


La paz, aparentemente, nada cambia, solo permite que todo siga igual.


La guerra, sin duda, lo cambia todo. Y tarda mucho en terminar: generaciones.


Los ciudadnos de a pie no podemos hacer nada contra las guerras. Pero podemos decir que estamos en contra.




Dissabte 10 de gener a les 17 hores MANIFESTACIÓ a Pl. Universitat Demanem a Israel que aturi els atacs sobre la població palestina. Exigim a la Comunitat Internacional que interposi forces i obligui a negociar una pau justa amb el reconeixement de l’estat palestí.




Sábado 10 de enero a las 17 horas MANIFESTACIÓN en Plaza Universidad. Pedimos a Israel que detenga los ataques sobre la población palestina. Exigimos a la Comunidad Internacional que interponga fuerzas y obligue a negociar una paz justa con el reconocimiento del estado palestino.
Calendario de convocatorias por todo el Estado en:

lunes, 5 de enero de 2009

LECTURAS RECOMENDADAS

Poco más de cien páginas con la letra amplia le bastan a esta mujer nacida en los Urales y educada en Moscú para hablar, de forma contundente, de la condición humana. De la generosidad. De la felicidad que concierne al otro nada más y sin embargo nos alegra. De la resignación. De la pobreza. Del dolor. Del amor. Del concepto de familia.
Bióloga de formación, Ulítskaya trata a sus personajes con la delicadeza con que solo puede hacerlo quien los observa sin juzgarlos, como si se fijara en su conducta para comprenderlos nada más. Para describirlos.
Es triste la historia de Sóniechka. Deja el alma apenada pero, a la vez, llena de esperanza.
Es la primera novela que he leído este año. Toda seguida, casi sin respirar. Y no me he desprendido todavía de la sensación que me dejó. Una sensación profunda. La de pertenecer a algo que nos constituye a todos de manera irrenunciable.